Glorioso jefe de la angélica y celestial jerarquía: Vos, que fiel a vuestro Dios y Creador, vencisteis al fiero Luzbel con todas sus rebeldes huestes, diciendo: ¿Quién como Dios? a cuya terrible y majestuosa palabra fueran sepultados en los abismos eternos; concededme la fortaleza que necesito para resistir las tentaciones que a cada paso me presentan estos Espíritus malignos; del modo que, cuando en el juicio divino peséis las acciones de mi vida, preponderen las buenas a las malas y pueda entrar en las mansiones celestiales de la gloria.
Amén.